Acerca de mí

No soy historiador, soy biólogo y profesor de escuela secundaria.

Pero la Historia me ha servido como recurso didáctico en innumera-

bles ocasiones, y otras tantas me ha deparado el placer de la simple lec-

tura. Así comencé a escribir la ficción histórica UN AMOR DE TIGRE, en cuya segunda parte ya estoy trabajando.

Mi participación en el Taller Literario del Museo Casa de Haroldo Conti, a cargo del maestro Juan Bautista Duizeide, me hizo escribir mucho más (y mejor) ya sobre la isla y sus personajes, de los cuales me siento uno más.

La razón por la que vivo en Tigre...

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¿Hace falta más explicación?

UN AMOR
DE TIGRE

2017

Un libro de historia imaginaria en el que se ficcionan distintos momentos del Pago de las Conchas en su proceso incipiente de constituirse en la localidad que es actualmente.
La ficción que los cuentos proponen se completa con un menudo detalle de las fuentes históricas, arqueológicas, de las ciencias naturales que tejen el cañamazo sobre el que el autor borda, con su imaginación, a la vez que hablan de la dedicada y rigurosa  lectura e investigación que se llevó a cabo para dar forma a estos relatos. (Mónica Ávila)

Contratapa

UN AMOR DE TIGRE

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Un poco acerca de mí

Soy Biólogo (neurofisiología) y Profesor de Enseñanza Media y Superior (UBA).
He sido docente e investigador en Fisiología Animal y en  Didáctica de las Ciencias en la Facultad de Cs. Exactas,
capacitador docente en la región, coautor de textos escolares, y actualmente profesor en el Colegio Marcos Sastre. En enero de 2019 renuncié en la Escuela de Enfermería del Hospital de Pacheco, hastiado del manoseo  del Ministerio de Salud de la Provincia.
Siempre en Tigre, integré el Instituto de Estudios Históricos por diez años y fui Director de Museos (Reconquista, Sarmiento y Conti)
En la foto (gracias, Ricardo Gil) con Mónica Ávila, quien presenta mi libro en el Museo de La Reconquista, en junio de 2017.

Resulta que en el Museo Casa de Haroldo Conti* en el Delta, además de Taller Literario* hay un Taller de Artes Visuales*... Y gracias a Fabiana Di Luca y Laura Valencia  incursioné en la plástica, especialmente en el grabado.

* Cultura del Municipio de Tigre

Caña de ámbar
Emma Utilizado para ilustrar "Sudeste justiciero" en la publicación de la Revista Sudestada.
Emma
La cocina de Haroldo
La cocina de Haroldo
Sudestada
Tigre Sailing

­­­­­El rol del escritor

—¿No había un auto más grande, che?

            Todos miraron a Humberto con cara de quien escucha un chiste.

—¿Qué querías, un quinientos cuatro, gordo? —dijo Haroldo,  con un burlón tonito Barrio Norte.

—Sí, justo, el auto más marcado por la yuta—contestó, rápido.

—¿Por qué? —preguntó Jorge, el más nuevo del grupo.

—Por el techo corredizo, podés sacar medio cuerpo con una metra… —le contestó el Rengo.

—Es el que más paran, aunque adentro vayan dos monjitas—agregó Haroldo.

—Lo que pasa es que no puedo ni respirar entre estos dos, parecemos sardinas en lata…—se quejó Humberto.

—La próxima te ponemos entre Susana Giménez y Soledad Silveyra, gordito —siguió gastándolo Haroldo desde el asiento del acompañante.

—¡Qué graciosos! (…)  ¿Saben cómo van cuatro elefantes en un fitito?

—Dos adelante y dos atrás—respondieron todos a coro.

—¿Y saben cómo le dicen al Citroen?

            Ante el silencio generalizado, Humberto proclamó "Villa Miseria". Y antes de que alguien pregunte el por qué, dijo "cuatro chapas y una lona encima".

            Las carcajadas inundaron el atestado Renault Gordini que circulaba por Luis María Campos hacia el barrio de Belgrano. La conversación giró luego hacia el lugar donde convenía realizar el procedimiento, y todos acordaron con la idea de Roberto, que mientras hacía un rebaje por el semáforo de Matienzo, había propuesto con seguridad "Cabildo y Juramento". La espera de la luz verde entre el Hospital Militar y el barrio idem, los dejó serios y callados hasta que llegaron a la estación Belgrano "C".

—Dale Rober, doblá acá, subamos por Juramento—ordenó Humberto.

—El asunto está atrás ¿no? —dijo Roberto, ignorando a Humberto, pero doblando a la izquierda.

—Está todo en el baúl, bien envuelto—informó Haroldo, muy serio.

—Metete por la plaza y estacioná al lado de la Redonda—siguió ordenando Humberto.

            Roberto lo miró con cara de pocos amigos, pero paró el auto a la vuelta de la iglesia, y todos bajaron, menos él, que dejó el motor regulando. Haroldo abrió el baúl, y mirando de reojo hacia los costados sacó varios paquetes y los repartió al resto con una indicación.

—Dejemos a mano algunos adentro. ¡Vamos!

            El Rengo y Jorge se fueron a la plaza y Haroldo con Humberto hacia la esquina acordada. Al llegar, los cuatro,  al mismo tiempo revolearon los volantes del PRT al grito de ¡Viva la lucha de Villa Constitución! ¡Viva Agustín Tosco! ¡No al golpe militar!  Los volantes recién empezaban a tocar el piso cuando ya estaban caminando de regreso, tranquilamente entre la gente. Bajando por  Juramento, un auto avanzaba muy lentamente, y Haroldo se lo marcó a Humberto con disimulo.

  —Che, no me gustan nada los tipos de ese Falcon. Hagamos como que entramos a la pizzería.

            Los dos entraron en Don Ramiro  (visite nuestra terraza) y esperaron un rato. Al salir no vieron más al Falcon. Humberto sugirió entonces, caminar sin apuro hasta el auto.

—¿Dónde se metieron? Casi nos vamos a la mierda—les espetó Roberto.

—¿Por qué paraste el auto, boludo? —le gritó Humberto.

—Recién se paró, y no lo puedo arrancar, debe haber calentado… Sigo intentando.

—Yo dije que era un auto de mierda—mintió Humberto.

            El intento tuvo éxito, el motor arrancó,  los cuatro subieron con una exagerada tranquilidad y salieron por Obligado a poca velocidad. El escape largaba un espeso humo negro, acompañado por una metálica tos. A las cuatro cuadras, el motor se plantó otra vez, pero Roberto consiguió arrancarlo otra vez con el envión, mientras Humberto, mirando hacia atrás alertaba sobre un Falcon que parecía seguirlos.

—¿Es el mismo? —preguntó Haroldo.

—Qué se yo, adentro van tres o cuatro tipos. Dale Rober, embragálo un poco y acelerá a fondo así no se para, y rajemos. Doblá en esta a la izquierda que va en bajada.

            Ayudado por la pendiente a favor, en lo que parecía un estertor final el Gordini hizo varias cuadras, doblando a la derecha en una y a la izquierda en otra, para despistar.

 —Volantiemos el resto acá, y seguimos hasta que se pare otra vez. Nos bajamos y nos dispersamos rápido, no dejemos nada adentro, liquidemos todos los volantes entre estos garcas. Che, nos vemos en lo de Manuel—terminó de decir Humberto.


            Una hora después, se iban reencontrando en el lugar prefijado, donde los esperaba Manuel. Todos llegaron en silencio, menos Haroldo que fue el último…

            —Pero me cago en… Yo digo, en un proceso revolucionario ¿el único rol de los escritores es repartir volantes?

                      Feria del Libro                                      "Del Autor al Lector"    2019

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Cuento Tigre

Naturaleza, historia, imágenes y letras.

Tigre era el paseo obligado con mis padres en muchos  fines de semana. Luego de recorrer los misterios de sus puentes, de costa a costa, terminábamos en la cervecería de Kuffner en la costa del río Luján, antes de llegar al Tigre Club, que muchos llaman todavía Tigre Hotel.

La inundación que a veces nos visitaba en Olivos, más al sur, en Tigre era y sigue siendo la marea, denominación que cambia el aire de catástrofe por cosa cíclica, natural,  algo que viene y va, algo con lo que se convive.  Es típica la perseverancia y tozudez de los tigrenses, a los que ninguna sudestada, inundación o tormenta severa alejó de su pago. Ni siquiera las leyes y prohibiciones de volver a afincarse en la zona, lograron ese cometido. Y entreveo aún en la actualidad, esa misma característica, y también al escuchar los relatos de los mayores. Vecinos que se intercambian abrigos y alimentos  desde las terrazas y techos de sus casas, mientras abajo el agua hace de las suyas por dormitorios y comedores. Con total naturalidad, al bajar el agua, se dedican a limpiar, y así hasta la próxima.

Esta gente que se quedó a vivir aquí, en vez de irse a las más altas tierras de la  Punta Gorda de San Fernando de Buena Vista  —el pueblo vecino que nace para huir de las mareas— tiene una personalidad muy particular: el barro, los mosquitos, y el agua que crece, no son enemigos del ambiente sino parte de él,  y en él los tigrenses no sobreviven, sino que en él quieren vivir.                         Guillermo Enrique Haut

Fotos propias, salvo las antiguas o que se indique lo contrario.

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